Los habitantes de la Ciudad de México se encuentran impresionados por una serie de actos criminales que se han dado en las calles de la ciudad. El asalto a automovilistas no es cosa nueva en esta caótica urbe, sin embargo el sentimiento generalizado es que éste está fuera de control.

Uno de los factores que catalizan este enojo son los videos que circulan. En estos es posible ver a los criminales en plena acción. Quizá uno de los factores que incrementan este enojo es el de que las autoridades parecen esperar a que alguien haga este tipo de grabaciones para tomar cartas en el asunto.

El clásico caso en el que la reacción llega sólo después de que el daño es evidente.

Es por ello que, como ciudadano, estoy muy preocupado por el tema de la criminalidad y de los múltiples casos en los que esta ha cobrado víctimas: desde el simple despojo de pertenencias hasta la pérdida de vidas en algunos casos en que el evento se sale de control.

Pero también preocupa  que, dentro de esta discusión, surge una solución propuesta por un legislador -el panista Jorge Luis Preciado- en la que propone que los automovilistas puedan obtener un permiso para portar armas de defensa.

El senador, de origen colimeño, tocó un tema que es muy delicado ya que el clamor de una solución al problema de los asaltos en vía pública es generalizado y muchos estarían dispuestos a circular por las calles con un arma para defenderse.

Sin embargo parece que Preciado no está muy consciente de la verdadera dinámica de las calles de esta sufrida ciudad.

La gran cantidad de vehículos han transformado a nuestra ciudad en un verdadero infierno automotriz. El simple hecho de desplazarse en auto es un asunto de alto estrés con una enorme posibilidad de entrar en conflicto con un tercero.

Los atolladeros de tráfico hacen que se genere un enojo violento (lo que en Estados Unidos llaman Road rage) que puede degenerar en insultos, agresiones con el propio auto y hasta golpes.

Estoy seguro que prácticamente todos los automovilistas de la Ciudad de México han sido testigos de uno o varios casos.

Pongo un pequeño caso personal: hace pocos meses cometí el gravísimo pecado de colocarme frente a una persona que al parecer pensaba que su lugar en el carril era sagrado. Su enojo llegó al nivel de que, luego de retarme a los golpes, comenzó a lanzarme por la ventana su propio almuerzo (una botella de yogurt y un tupperware). El señor se quedó sin comer ese día por “darme mi merecido”.

¿Qué hubiera pasado si hubiera tenido a su alcance un arma de fuego que -al menos en teoría- sólo utilizaría para defensa propia?

No quiero pensarlo.

Permitir la portación de armas en el automóvil transformarían las ya violentas calles de la Ciudad de México en algo muy parecido al lejano oeste: Auténticos duelos de pistola por nimiedades como un “cerrón” o un espacio de estacionamiento.

¿Es eso lo que queremos?

Lo que menos necesita esta ciudad es incrementar el nivel de violencia, aunque esta sea en aras de paliar un problema que, hasta donde muchos saben, es obligación del gobierno solucionar.

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