Como muchos otros chilangos, viví en carne propia el terremoto de 1985.

Mis recuerdos van de las calles saturadas, el tráfico desquiciado, el polvo en el aire, las duras imágenes de edificios caídos y del sentimiento de desastre que invadió nuestra ciudad por varias semanas.

Sin duda alguna un evento que puso a prueba a gobiernos y ciudadanos que resultaron con calificaciones muy diferentes.

No es noticia que este pasado jueves 7 de septiembre (otro septiembre) sufrimos de un evento sísmico de gran magnitud. Más potente que el de 1985 y el más poderoso en muchos años.

(Ojo, esto que voy a decir aplica exclusivamente para la Ciudad de México; urbe en la que he pasado casi toda mi vida y en la que se encuentra prácticamente toda la gente que quiero).

Es impresionante que, 32 años después, nuestra ciudad tenga la capacidad de sortear un poderoso terremoto de 8.2 grados y salir prácticamente indemne.

Fuera del susto y de algunos casos de histeria, fuera de los apagones el saldo de la Ciudad de México fue prácticamente nulo.

La gran mayoría de la población escuchó la alerta sísmica y procedió a evacuar los lugares donde se encontraba. Prácticamente todos los edificios (salvo unas excepciones) lo soportaron sin problemas. Hay que tener en cuenta que en ahora tenemos muchos más rascacielos y mucho más población viviendo en edificios de diferentes alturas.

Todos los esfuerzos para evitar una tragedia similar a la de aquel fatídico 19 de septiembre de 1985 han dado resultado y la muestra es que, en la Ciudad de México, no ocurrió una sola tragedia.

Y eso es decir mucho.

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