Esta es una situación que parece repetirse cada cuatro años, pero con diferentes grados de intensidad.

Los atletas de la delegación mexicana comienzan a generar expectativas, incluso esperanzas. En algunos casos, como ocurrió hace cuatro años, estas se concretan en algunas medallas, pero en la mayoría de las veces la decepción es la regla.

Acaba de ocurrir lo que algunos medios ya han llamado “El lunes negro” jornada en la que varios atletas en las especialidades de clavados, box, tiro con arco y levantamiento de pesas fueron eliminados.

Llama la atención que la mayoría de estos, a la hora de enfrentar a los medios de comunicación, se dicen satisfechos y contentos de haber dado su mejor esfuerzo.

Pero sobre todo resalta el caso de la arquera Aida Román que -ante el acoso de un reportero- dijo palabras que hicieron enfurecer a las redes sociales: “Soy Aida Román y no le debo nada a nadie“.

Calificada de engreída, pretenciosa, autosuficiente, mamona y de no haber hecho el esfuerzo suficiente, la atleta se transformó en Trending Topic.

Ya se le subió” parecía ser el comentario generalizado en los más diversos foros.

Sabemos que parte del encanto de los juegos olímpicos es el de la competencia entre países. El hecho de ganar más medallas tiene un profundo significado político que en cierta manera es una declaración muy fuerte: Ganamos más medallas porque nuestro sistema es mejor que el suyo, nuestra gente es mejor, más preparada y más comprometida.

Por supuesto que un atleta es una pequeña extensión de su país. Por unos minutos -lo que dura la competencia- lleva en sus hombros el peso del prestigio de TODO un país. Es lógico pensar que es responsabilidad de cada atleta incrementar el prestigio de su país.

De la misma forma suena muy lógico que una nación que invierte millones para dar a estos atletas -que van representarla- espere resultados: cuando pagan por equipo, planes de entrenamiento, manutención del atleta, entrenadores y toda la parafernalia alrededor de la especialidad lo menos que se esperan son resultados.

Esto suena muy bien en naciones de primer mundo que dan al deporte la importancia necesaria para que éste se pueda transformar en una forma de propaganda, sin embargo, ¿qué ocurre en países donde los deportistas no reciben el apoyo que requieren?

Países donde los directivos hacen verdaderas fortunas mientras que los atletas tienen que “malvivir” con escasos -y a veces nulos- apoyos. Países donde los atletas a veces tienen que poner de su bolsa para llegar a una competencia de nivel y hasta para adquirir equipo. Países donde es más importante ser amigo, pariente o ahijado de un directivo que tener la capacidad para resaltar…

Por supuesto que no hablamos de atletas como los de la selección de futbol que, aunque la gran mayoría son jóvenes que no han despuntado en el deporte, reciben trato de Primas Donas: hoteles de lujo, vuelos chárter y, sobre todo, salarios altos y futuros garantizados en sus respectivos equipos.

Fuera de esta elite, todos los demás están varios escalones abajo en lo que a trato y privilegios se refiere.

¿Qué Aida no le debe nada a nadie?

Tal vez esa sea su percepción luego de pasar años practicando un oscuro deporte en el que tenía posibilidades y en el que sólo llamó la atención del gran público -y los patrocinadores- luego de ganar una medalla de plata en los juegos de Londres.

La olvidada de repente se transformó en la exigida representante que tenía la obligación de regresar con una medalla en el pecho por el honor de México y todos los mexicanos.

¿Tenemos derecho a exigirlo?

Es pregunta.

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