Cuando era muy joven (aún antes del terremoto de 1985), la colonia Condesa sufría del olvido.

Era una especie de reducto de una clase media decadente que había perdido el lustre original.

Las clases medias habían emigrado a otros lugares más promisorios: la del Valle, Portales, Campestre Churubusco, Las Águilas… Los más ricos se establecieron en el Pedregal que en ese entonces era epítome de modernismo y progreso.

Poseer una enorme casa con forma de caja de cristal en un terreno de dos mil o tres mil metros era un alarde de éxito en la vida.

Muy a nuestro nivel los citadinos quisimos hacernos “suburbanos”, como los gringos, y fue así como ideas que hoy parecen descabelladas, como los grandes fraccionamientos en el Estado de México, parecieron ser entonces la solución ideal para una clase media que crecía: Satélite, Arboledas y más allá.

Sin embargo el crecimiento de la ciudad se hizo más caótico según pasaba el tiempo y los “paraísos satelitales” se transformaron en auténticos infiernos. Lejos de los centros económicos de la ciudad, carentes de sistemas de transporte público medianamente decentes hicieron que la idea de alejarse del centro fuese cada vez más impráctica.

Es por ello que terminada la década de los ochenta las colonias tenidas como decadentes y antiguas volvieron a adquirir vigencia.

Poco a poco, edificio a edificio comenzó a ocurrir una gentrificación (palabra que define el hecho de transformar un barrio de clase media en algo chic y “elegante” para clases con mayor capacidad económica). Los viejitos, las familias de clase media baja, los departamentos compartidos de estudiantes poco a poco fueron abandonando la zona para heredarla a profesionistas, políticos, miembros de la farándula entre otros.

Comenzaron a proliferar restaurantes temáticos y supermercados orgánicos mientras que la población de pugs se disparaba. Los precios de las rentas se fueron a las nubes y la zona se transformó en destino turístico con el nombre de “Corredor Roma-Condesa”, el alma del México de los cuarentas.

Todo iba muy bien hasta que… volvió a temblar.

Uno de los factores que acabaron de ahuyentar a la gente con mayor capacidad económica de la condesa en los años ochenta fue el terremoto. Fue una de las zonas más afectadas y pareció darle la puntilla, aunque hay que decirlo, la más afectada fue la vecina colonia Roma.

Pero todo quedó olvidado: a los hipsters invasores ni siquiera les pasó por la cabeza el hecho de que esa zona era muy vulnerable a los sismos.

El terremoto del 19 de septiembre volvió a pegar -muy duro- a la zona y de repente la colonia “más bonita de México” se transformó en zona de desastre.

Ya es una estampa común: el camión de mudanzas desalojando una casa o departamento (no importa que no haya sido afectado) para dirigirse a otro rumbo.

La Colonia Condesa ha perdido su encanto y la gente que se puede dar el lujo de vivir ahí ahora se puede dar el lujo de ir a vivir a otro lado.

¿A donde?

Es cuestión de tiempo.

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