El tema de Donald Trump, millonario y emprendedor dentro del mercado de los bienes raíces ahora metido a la política como pre candidato a la presidencia por el partido republicano, ha dejado de ser un tópico para los analistas especializados y se ha transformado en toda una discusión dentro y fuera de Estados Unidos.
Calificado como homofóbico, misógino, xenófobo así como muchos otros términos en griego, Trump se ha caracterizado por hablarle de manera directa a las clases más bajas y menos estudiadas -pero blancas- del vecino país (los llamados “rednecks”), para activar sus más ancestrales miedos: el temor a otras razas, a los extranjeros, a los “idólatras” y ateos así como a cuantos no representen ese “sueño” americano del blanco-anglosajón-protestante que en teoría es el arquetipo.
Por supuesto que la culpa de todos los males son los demás: los gobiernos -como el nuestro- que les quitan su dinero y les envían a las masas criminales y perezosas a robarles los trabajos (que ellos no quieren hacer ¡¿?!).
Mexicanos, musulmanes, chinos, japoneses y un largo y xenófobo etcétera es la causa de todos los males y contra lo que ha prometido luchar Trump.
El terremoto Trump ha sido tan fuerte que los sectores más tradicionales del Partido Republicano ya han hecho un llamado a la congruencia y la unidad para evitar, a toda costa, que el señor acceda siquiera a la candidatura oficial del partido.
Y mientras eso ocurre, son los sectores más liberales los que también están haciendo un llamado a todos los que no “entran” en el prototipo de Trump para evitar a toda costa lo que ellos ya llaman un dictador en ciernes.
Lo más seguro es que ni el mundo se acabaría y, de hecho, el magnate no lograría ni la décima parte de sus promesas.
Sería un presidente republicano que no sólo tendría a los demócratas del congreso en su contra, sino también a una buena parte de los de su partido, los que piensan que Trump es un peligro para ellos y también para el país, por lo que el ejecutivo se vería sumamente acotado para sacar adelante alguna de sus radicales iniciativas.
Lo más seguro es que el vecino país caería en una especie de letargo legislativo que pondría freno a cualquier cosa salida de la Casa Blanca.
El directamente afectado por la situación sería el dichoso GOP, el partido republicano, que podría fraccionarse en dos corrientes antagonistas: por un lado los fundamentalistas cristianos anti-extranjeros y enemigos de las políticas progresistas y por el otro republicanos más liberales y abiertos a las realidades de este mundo globalizado.
Tal vez la política exterior de Estados Unidos sufra una radicalización sobre todo en el asunto de ayudas a otros gobiernos, recepción de emigrantes y emisión de visas, sin embargo nada que trascienda más allá de los cuatro años que duraría la presidencia de Trump.
Definitivamente no sería buena noticia que el magnate llegara a la presidencia, sin embargo no es un tema que nos deba de quitar el sueño por la simple razón de que, si llega, estará atado de manos.
¿Tú qué opinas?