La Comunidad Económica Europea surgió durante la posguerra con un acuerdo sobre acero y carbón que era un intento de paliar los estragos de una economía en picada. En un principio el acuerdo era sólo entre Alemania (occidental) y Francia, sin embargo a este se incorporaron Italia, Bélgica, Holanda y Luxemburgo..

Con el tiempo se fue fortaleciendo y transformándose en un acuerdo comercial y político que cada vez integraba más aspectos y más países.

Los curioso es que en un principio la Gran Bretaña no quiso integrarse a dichos convenios: por no ser una iniciativa propia, por integrar a los odiados alemanes y por castigar a los “traidores” franceses. En vez de sumarse, optaron por crear su propio mercado común con otro grupo de naciones (Europa del norte y Portugal).

Con el tiempo la iniciativa Franco-Alemana demostró ser más viable (debido a la cantidad de habitantes y al crecimiento de sus economías) por lo que vino una época en la que los británicos cambiaron de opinión para tratar de incorporarse al movimiento.

El acceso a la comunidad (entonces “mercado común”) tiene que ser por voto unánime de sus integrantes. El problema radicaba en que en ese entonces Francia se encontraba en pleno “degaullismo” y el líder y ex general héroe de la Segunda Guerra Mundial, Charles De Gaulle, no quiso dar su voto positivo a los británicos a manera de rencorosa venganza por su negativa de integrarse desde el principio (y muchas otras cosas). El general era sumamente radical y entre otras cosas también impidió el acceso de Suiza debido a su negativa de olvidarse de su neutralidad para alinearse con occidente ante los soviéticos.

“La leche, para ser leche, debe de ser blanca” afirmó de manera tajante.

Luego del degaullismo la entrada de la Gran Bretaña pudo concretarse (simplemente no puedes dejar afuera una economía de ese calibre) y desde ahí se transformó en uno de sus principales integrantes.

Durante una década insistieron que los dejaran entrar y ahora, tiempo después, se quieren salir corriendo.

Una de las cosas que más llamaron la atención del referendo de la semana pasada sobre el Brexit es que los ganadores del “No” representan dos grupos poblacionales muy bien definidos:

Por una parte, los de mayor edad. Era curioso ver como, según se incrementaba la edad de la población, mayor fue el número de los que votaron en contra. Una gran ironía, por supuesto, que los que menos futuro tienen, son los que transformaron el porvenir de los más jóvenes.

El segundo elemento que llamó la atención es que mientras los progresivos habitantes de Londres y su zona urbana votaron a favor de permanecer en la UE, fueron los habitantes de provincias y el campo así como los obreros de las zonas industriales quienes abrazaron la salida.

Mientras los sofisticados jóvenes urbanos manifestaron su acuerdo con seguir dentro de la comunidad, fueron los viejos de provincias quienes tomaron la decisión.

Un columnista británico calificó el asunto como si los hooligans, los violentos hinchas de los equipos de soccer y rugby del país, hubiesen irrumpido en la política para sacar a relucir su xenofobia y su miedo a los cambios.

Un miedo que fue aprovechado de manera magistral por quienes hicieron la propuesta de salida y que, ante los resultados, van a quedar como responsables de lo que pase a partir de ahora.

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