El escándalo de esta semana -ya se nos está haciendo costumbre que cada semana nos llega un jugoso escándalo desde Washington- es el hecho de que alguien dentro de la Casa Blanca filtró la transcripción de la llamada que Donald Trump sostuvo el pasado enero con el presidente Enrique Peña Nieto.
Es algo obvio que ese tipo de llamadas no son del dominio público por el simple hecho de que los temas que se manejan a veces suelen ser muy delicados. Es muy diferente hablarle a la gente que hacerlo con otro político, ya sea este del mismo partido, del de oposición o un mandatario de un país extranjero.
Para bien o para mal la política tiene una cara oculta que muchas veces puede ser escandalosa y este es el caso de la llamada a la que nos referimos.
Por las transcripciones nos enteramos que Donald Trump siempre ha estado consciente de que el financiamiento del famoso muro fronterizo, ni siquiera en sus mejores sueños, sería hecho por México.
Sin embargo, sabedor de lo que el tema significa para su electorado más duro -al que piensa apelar en cosa de tres años y medio- prefiere pedirle a Peña Nieto que mejor ya no hable del asunto. Tener una frase hecha para contestar a la prensa y dejar que el tema desaparezca por si solo.
Más allá de lo que una filtración de este calibre nos dice sobre del ambiente de deslealtad y traición latente que se vive al interior de la Casa Blanca, lo que demuestra es algo que muchos ya decían, pero que la histeria en torno al fenómeno Donald Trump se empeñaba en ocultar:
Trump ha basado su éxito en vender promesas que no puede o no piensa cumplir.
Y es que si miramos el sentimiento general (y la cotización del dólar) a principios de año y la medimos con la actual, veremos que Trump ha pasado de ser el villano favorito a un objeto de ridículo.
La última portada de la revista Newsweek incluso habla de que el empresario ya está harto de la presidencia.
El tema es que la presidencia Trump, con apenas seis meses de existencia, muestra unas imágenes de desgaste nunca antes vistas. Cada día que pasa se aclara más la imagen de “vivales” y charlatán del ejecutivo y, aunque su base más fanática sigue sólida, son muchos los que están empezando a cuestionar su efectividad como presidente.
Pero mientras eso ocurre, la imagen y el prestigio de Estados Unidos sigue en picada. ¿Qué líder, en sus cabales, se va a atrever a hablar temas delicado en el teléfono con Trump?