Apenas hace un año enfrentábamos el enorme descontento de un sector de la población cuyos derechos se habían visto mermados.

El enojo se hizo manifiesto como nunca antes. El sentir en general de la ciudad adquirió de manera repentina una tensión contra su gobierno que tenía mucho tiempo sin manifestarse.

Lo increíble es que el motivo nunca fueron los impuestos, el crimen, las interminables irregularidades o el mal desempeño de las autoridades. Tan solo a los capitalinos les impidieron usar sus automóviles un par de días a la semana.

Luego de un año los motivos de la revuelta están dados de nuevo. Esta vez el enojo de los automovilistas llega de la mano del alza de precios de la gasolina. Bloqueos, toma de gasolinerías y amenazas de escalar las protestas se transformaron en la nota privilegiada de esta primera semana del año.

Los dueños de coches están sumamente enojados.

Aunque el gobierno ha aducido todo tipo de razones como el ajuste de precios, el valor real de trasladar y almacenar el combustible, el ajuste que tendrá más adelante, etcétera, esto no ha servido para tranquilizar los ánimos.

El descontento ha sido aprovechado por la oposición para hacerlo bandera y condenar al gobierno entero a la ignominia.

Y es que la situación ya es muy tensa. Luego de un cierre de año que fue frustrante en muchos sentidos y la perspectiva de un futuro nada alentador para 2017, la “alegría” de las fiestas se vio turbada con un golpe directo al bolsillo de los usuarios de automóvil.

Una raya más al tigre.

Pero resulta que estos usuarios son los más aguerridos. Para muchos cualquier injusticia puede ser obviada o simplemente ignorada menos la que atenta con su derecho a utilizar su automóvil. Ya lo vimos el año pasado.

Las protestas que en principio se sintió un poco banal, ahora se está replicando prácticamente en toda la república. Los usuarios salen a las calles, a las gasolinerías, a protestar por el aumento.

De forma curiosa el “gasolinazo” está funcionando mejor como aglutinador y catalizador del malestar ciudadano que otras causas que podrían ser calificadas como más importantes o de una naturaleza más trascendente.

Dice la leyenda que uno de los detonantes de la Revolución Francesa fue la reina que, ante el hambre de sus súbditos, dijo “que coman pasteles”.

Una cosa muy banal, pero que desató un enojo que terminó con una dinastía milenaria y que alteró la historia de Europa -y de la humanidad- para siempre.

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