La segunda vuelta es un tema político que en México nunca se ha tratado seriamente y la gran mayoría de la gente no sabe en qué consiste esta figura electoral.

En países con sistemas bipartidistas -como Estados Unidos- es algo que no tiene sentido ya que siempre alguno de los dos obtiene la mayoría. En el antiguo sistema mexicano, donde el PRI era el que ganaba todo (de ahí la famosa frase de “carro completo”), el concepto de segunda vuelta era prácticamente inútil.

Es el PAN el que está sacando el tema, el primer “partido grande” en hacerlo y, por el beneficio de nuestra aún frágil democracia, es un tema urgente.

La idea es muy sencilla. Desde la victoria de Miguel de la Madrid en 1982 ningún candidato vencedor en las elecciones presidenciales de nuestro país ha obtenido el 51% de los votos. Carlos Salinas de Gortari obtuvo poco más de la mitad, sin alcanzar el 51 y a partir de ahí los números se han reducido drásticamente; Felipe Calderón apenas cerró con el 35.89% de los votos. ¡Casi 7 de cada 10 mexicanos votaron en su contra!

Eso genera el descontento de la gran mayoría del electorado -que aplica aquello de “no es mi presidente”- dejando al ganador en una posición de debilidad y una baja aceptación.

El asunto por supuesto que tiene una arista. La segunda vuelta es una especie de desempate entre los dos candidatos más votados: ¿le hubiera ganado Calderón a López Obrador una segunda vuelta en 2006? ¿Hubiera podido hacerlo Enrique Peña Nieto al sexenio siguiente?

¿Cómo estaría la cosa si en estos momentos nos estuviéramos preparando para unas elecciones “mano a mano” entre Alfredo del Mazo y Delfina Gómez?

Por supuesto que, según se encuentra el espectro electoral en estos momentos, a algunos partidos no les conviene para nada la opción a una segunda vuelta ya que prácticamente borrarían las posibilidades de victoria que con el presente sistema tienen aseguradas.

Al igual que los candidatos independientes (que aunque la figura existe, está acotada de manera extrema), el tema de la segunda vuelta es esencial para quitarnos de una vez por todas el síndrome de “no es mi presidente”; de darle fuerza a los candidatos electos y de hacer que los partidos busquen mejores candidatos con mejores antecedentes y mejores propuestas.

¿Viviremos la figura de segunda vuelta pronto? La verdad es que lo dudo, pero las esperanzas ahí están.

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