Hace pocos días hablaba en este mismo espacio la importancia que le damos a las reglas -aunque estas sean para el deporte- y de cómo estas podían transformarse en fiel reflejo de la realidad cultural que vivimos.
Todos, estoy seguro, hemos vivido la acción de algo que podríamos llamar un “raterillo”. Un criminal de poca monta que hasta para hacer sus fechorías es mediocre: alguien que aprovecha el descuido o la buena fe de una persona para robar algo que a veces no es gran cosa.
Para fortuna de quienes tuvieron que permanecer en las redacciones de noticias durante este puente (créanme, la falta de noticias durante estas temporadas puede ser un verdadero dolor de cabeza) trascendió que un periodista, nada menos que el director de una publicación de relativa importancia como el diario “La Prensa”, Mauricio Ortega, robó el jersey número 12 del Quarter Back de los Patriotas de Nueva Inglaterra, Tom Brady.
Ortega gozaba de una acreditación de altísimo nivel que le permitía acceder prácticamente a donde él quisiera dentro del estadio de los Texanos de Houston incluyendo los vestidores endonde festejaba el equipo ganador.
¿Para qué usó sus privilegios el “comunicador”?
Para transformarse en un vulgar raterillo que aprovechó la distracción causada por la euforia de un equipo que acababa de realizar lo imposible y hacerse de una playera que esperaba vender a buen precio.
El clásico raterillo que abusa luego de que alguien lo invita a su casa para sustraer un elemento de la decoración, un iPod dejado en un mueble o una cartera descuidada. Un robo que a lo mejor es de un objeto que no es gran cosa, pero que se transforma en un hecho que significa mucho.
Quizá pensó (¿pensó?) que una vez en México estaría libre de castigo; tal vez tenía la idea que nadie reportaría lo que podría clasificarse como un robo menor. Tal vez supuso que era común que se roben las cosas de los vestidores de los equipos de futbol americano y que nadie se quejaría.
Como ya lo había hecho antes, y sin consecuencias, no tuvo ningún empacho en volver a robar.
¿Cuánto hubiera podido obtener por el jersey número 12?
Tal vez un número en el rango de las decenas de miles de pesos, pero nada más.
¿Qué obtuvo en realidad?
En una época en que lo que menos necesitamos son calificativos negativos a manera de estereotipo el señor Ortega vino a poner el dedo en el renglón sobre un tema de importancia nacional: la insolvencia moral que al parecer campea en todos los medios ya todos los niveles.
Una persona que, en teoría, por su estatus de director general de un diario de corte nacional debe de ser honesta e imparcial, resulta ser un simple raterillo. Si ocurre en la política, si ocurre en la procuración de justicia, si ocurre en una gubernatura estatal ¿qué no ocurra con el director de un diario?
Pero Ortega no sólo el cae en la desgracia personal (hoy por hoy es quizá una de las personas más retratada y señalada en medios y redes sociales), también nos arrastra a todos ya que, gracias a él y el caso de la camiseta número 12, la percepción generalizada de todo el país quedó en hombros de un vulgar raterillo de vestidor.
Un raterillo que pone en evidencia la ínfima calidad moral de mucha gente que vive en este país y que, de paso, nos la adjudica a todos.