Si medimos el “top-ten” de personajes odiados en México durante esta curiosa semana que acaba de pasar, encontraremos que el tercer lugar se los sacó un personaje que, hasta hace muy poco tiempo, era prácticamente un perfecto desconocido.

Estoy hablando de Nicolás Alvarado, ahora ex director de TV UNAM y cuyo gran pecado para aparecer tan arriba de la tabla general de odio popular fue un texto que publicó en su columna de los martes en el diario Milenio.

El escrito de Alvarado explicaba las razones por las que no le gusta la música de Juan Gabriel así como sus muy personales opiniones sobre el cantante.

El periodista expone de forma muy cruda su forma de pensar adjetivando y utilizando palabras que a muchos, la enorme mayoría, no gustó.

El furor en redes sociales se transformó en trending topic al grado que se mantuvo dentro de la mira de muchos a pesar de que el tema de la visita de Donald Trump también causó reacciones muy fuertes.

Alvarado se mantuvo dentro de la mira de los “haters” a pesar de que un tema mucho más exaltante ocurrió durante la misma semana.

La exigencia de su despido terminó con una serie de recomendaciones por parte del Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (Conapred) y la renuncia del propio Alvarado a su cargo frente a la televisora universitaria.

La cuestión aquí es: ¿tiene derecho la sociedad -e incluso una comisión que vela por los derechos humanos- de censurar lo escrito por alguien en un medio de comunicación?

Podemos estar de acuerdo o en desacuerdo con las miles de personas que diariamente escriben en los principales medios pero… ¿tiene el clamor popular -una virtual turba con ánimos de linchamiento- definir lo que se puede y lo que no se puede publicar?

Ojo, no estoy diciendo tampoco que esas personas no tengan derecho a criticar a Alvarado (“con adjetivos matas, con adjetivos mueres” me dijo un conocido “escribidor” al que yo le tengo mucho respeto). Con lo que nunca estaré de acuerdo es que se condene a alguien a la muerte editorial y laboral por el simple hecho de manifestar su propia opinión.

Las redes sociales se han transformados en jueces y parte de este tipo de juicios los cuales realizan de forma sumaria y con condenas terribles. ¿Asesinan a dibujantes de Charlie Hebdó? Anatema a los asesinos de estos representantes de la libertad de expresión. ¿Publican los Charlie Hebdó una serie de cartones SUMAMENTE OFENSIVOS para los sobrevivientes del reciente terremoto en Italia? Se transforman de paladines de la libertad de expresión en infelices e insensibles por burlarse del dolor ajeno cuyas oficinas deberían de quemarse hasta los cimientos.

La doble moral, el doble rasero. El país de los muy machos que se ofende cuando su ídolo es atacado. El país donde, para ser un ciudadano modelo, debe de tener una opinión uniforme donde siquiera sugerir que Juan Gabriel es “naco” puede traer graves consecuencias.

Un país donde decir que Chespirito es ramplón, que el Chicharito no es buen jugador y que la música de Juan Gabriel es naca, es causal suficiente para ser calificado de “mal mexicano”.

Afortunadamente la cordura ha prevalecido: Nicolás Alvarado se disculpó por el momento en que se publicó su artículo -qué no por el texto- y a pesar de su renuncia a la dirección de TV UNAM, afirmó que seguirá publicando en Milenio todos los martes; que no caerá en el error de la “corrección política” que todo mundo quisiera ver aplicada de manera que cubra sus muy personales creencias.

Tal vez igual con el mismo estilo “elitista” y “clasista” pero a final de cuentas, comprometido con su forma de pensar.

A pesar de las virtuales hordas de Internet.

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