Ya son 40 personas las que se han registrado como candidatos independientes para la presidencia de la república ante el Instituto Nacional Electoral.

Supongamos que la mitad consiga la imposible misión de recabar más de 800 mil firmas en 17 estados (cosa que es, francamente, muy difícil) y participen en las elecciones. Eso quiere decir que, además de los partidos, tendremos 20 caras nuevas en la papeleta.

¿Qué tan bueno es esto?

Francamente parece contraproducente para el concepto de candidatos ciudadanos que el voto se vaya a diluir de tal manera. Si cada uno obtuviera el 1% de los votos, quiere decir que el 20% se quedaría entre los independientes, eliminando así el famoso “voto útil” para dejar a los partidos tradicionales con sus votos corporativos.

El pleito se reduciría al PRI y sus aliados contra el Frente Ciudadano por México, en dado caso que pueda concretarse. Si esto no ocurriera, entonces sería Morena contra el tricolor.

Ningún candidato independiente tiene la capacidad de convocatoria ni las bases que se requieren para vencer a un partido establecido; no importa si este es un ex militante, líder de opinión o candidata del EZLN.

Tal vez la única oportunidad podría darse en caso de que todos los independientes se pusieran de acuerdo para pronunciarse por uno solo de ellos; que todos se agrupen tras de quien tuviera más posibilidades sin embargo, en este país donde los políticos tienen el ego más grande que su capacidad de ser estadistas, eso sería prácticamente imposible.

Sin lugar a dudas el proceso que estamos a punto de presenciar será muy interesante.

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