Rompió todas las expectativas; hizo pedazos tanto las predicciones como el pesimismo. En las elecciones en Estados Unidos del pasado martes los demócratas -de Maine al estado de Washington- dieron una sorpresa que ni ellos mismos la esperaban.
Una mujer transgénero, un hombre de religión sikh (que muchos en Estados Unidos confunden con musulmanes), mujeres de origen latino, un refugiado liberiano de raza negra y hasta un socialista se encontraron, repentinamente, como ganadores de unas elecciones que no prometían nada.
Luego de la derrota de Hillary Clinton hace exactamente un año, el ánimo de los demócratas se encontraba en el suelo y en franca desorientación. La presidencia de Donald Trump, y todo lo que el mandatario ha hecho a lo largo del año, era una especie de lápida de la que parecía no podrían librarse jamás.
Sin embargo, la derrota de los republicanos, entre los que se encontraba Ed Gillespie, candidato a la gubernatura de Virginia quien también es un furibundo demagogo anti-inmigrantes que quiso utilizar la propia estrategia de Trump, perdió por ocho puntos.
Una pequeña señal de que esa forma de atraer votos no es invencible y está cayendo en el desprestigio.
Los demócratas han recibido una fuerte inyección de ánimo para el 2018, año en que se renuevan las cámaras legislativas y que, de seguir la tendencia, podría representar un fuerte revés para el partido y el presidente.
Para Trump, que se encuentra de gira en el Lejano Oriente, es una brutal derrota que no sólo le trae desprestigio si no que genera serias dudas en lo más profundo del partido. Ahora tendrán que decidir si siguen apoyando de manera incondicional a un presidente que ha demostrado ser tóxico, o comienzan a alejarse a posiciones más seguras (y más contrarias a los berrinches del mandatario).
Sin duda alguna, cuando regrese Trump, se encontrará con un país bastante cambiado.