La política, como toda actividad humana, tiene una serie de reglas y protocolos no escritos que son conocidos por todos los que se desenvuelven en el ramo.

Para “brincarse” esas reglas es necesario ser un verdadero visionario y disrruptor o, de plano, un absoluto necio que no tiene la capacidad de prever las consecuencias de sus actos.

Lo mismo ocurre con los temas de relaciones internacionales: un país muy bien puede retractarse de un acuerdo o de un pacto realizado de manera previa pero, al igual que ocurre entre las personas, cuando alguien pierde la credibilidad es muy difícil que la recupere.

Nunca le volvemos a prestar un libro a quien no lo devuelve, no nos apresuraremos a llegar a una cita con alguien que siempre llega tarde y jamás volveremos a hacer negocio con la persona que incumple con su parte de un trato.

Eso es lo que le está ocurriendo a la institución presidencial de Estados Unidos. No sólo ya nos acostumbramos a sus desplantes si no que ya sabemos que, a final de cuentas, no va a pasar nada.

Un reportero le pregunta a Donald Trump sobre si México pagará por el muro, el mandatario contesta “absolutamente”. Hace apenas unos meses esa declaración hubiera acaparado titulares y espacio en editoriales, el dólar hubiera brincado varios y los analistas estarían prediciendo que la divisa alcanzaría los 25 o los 30 pesos.

Ahora es apenas una anécdota más.

El muro, es un secreto a voces, jamás podrá erigirse debido a que es muy caro, técnicamente inviable y no sería nada funcional. Ya no vemos a Trump como una fuerza amenazante si no como a un pariente loco al que hay que seguirle la corriente.

De todo lo que prometió el mandatario durante su campaña hemos visto como, poco a poco, todo se ha ido derrumbado debido a su desconocimiento tanto de cada tema en específico como del funcionamiento de la política tanto al interior como al exterior de Estados Unidos.

La prohibición de viajes desde países musulmanes, la deportación masiva de inmigrantes, los cambios al sistema de salud de Obama… prácticamente todo está quedando eliminado de la agenda. Como una apuesta para el olvido.

Y mientras el presidente se queda solo, los escándalos y las investigaciones se acumulan de una forma que nunca se había visto en etapas tan tempranas de una presidencia.

La imagen publicada en la que Trump aparece sólo en una mesa durante los trabajos del G20 es una clara metáfora de lo que le está ocurriendo a su presidencia.

Poco a poco las aguas recuperan su nivel y los políticos, así como el resto de la humanidad, se acostumbran a la nueva situación de un presidente que habla mucho -y muy fuerte-, pero que no concreta nada.

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