Fue consumado.

Hillary Rodham Clinton consiguió finalmente la nominación a la presidencia de Estados Unidos por el Partido Demócrata luego de ganar las primarias ante Bernie Sanders.

Por primera vez en la historia una mujer contenderá, basada en uno de los dos principales partidos, por la presidencia de ese país.

Hace ocho años los titulares eran muy similares; el joven senador afro-americano Barack Obama surgía luego de las primarias para contender y derrotar a los entonces muy poderosos republicanos.

Por supuesto que ocho años después la situación ha cambiado de forma dramática; el factor Donald Trump dejó de ser una mera anécdota para transformarse en una situación real.

Clinton ya tiene el voto duro: La mayoría de los estadounidenses que se ven a sí mismos como “liberales” y de ideas más abiertas. A los que hay que convencer es a la inmensa mayoría de habitantes que se sienten agraviados de alguna manera por la situación de su país.

Aquellos que ven a los inmigrantes, a los musulmanes, a los “hippies de la costa” como un peligro para el sueño americano. Pero sobre todo a los Republicanos de “hueso colorado” que sufren de taquicardias con solo pensar que el próximo presidente de Estados Unidos también será alguien con el apellido “Clinton” (aunque sea sólo por matrimonio).

Sin duda todo un reto el que enfrenta la exsecretaria de estado y primera dama. El camino para que una mujer sea electa presidente aún es cuesta arriba.

Estamos por ver lo que podría ser una de las campañas más peleadas y más ríspidas de la historia moderna del vecino país. Una elección que será histórica.

Un proceso que, para bien o para mal, tendrá repercusiones directas en nuestro país.

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