Las opiniones están muy polarizadas en nuestra sociedad: cuando algunos miran a los maestros disidentes de Oaxaca como luchadores sociales y héroes populares, otros los tratan de salvajes, mafiosos y corruptos.

Y mientras el secretario de gobernación se reúne con una delegación de estos, en un ejercicio que parece inútil ya que el gobierno no echará para atrás una reforma que tanto trabajo le costó implementar, para los maestros este es el meollo del asunto.

En lo que todo esto ocurre, el estado de Oaxaca -uno de los que que “tradicionalmente” han sufrido de retraso y carencias- se hunde en el caos y el desbasto. Los empresarios exigen que los dejen trabajar porque la economía local está también en llamas y los movimientos magisteriales no han hecho otra cosa que afectarlos de forma directa.

Quizá los más dañados por el conflicto sean los propios estudiantes que, a lo largo del año, difícilmente han tenido una par de semanas normales. Todo un ciclo lectivo se ha ido al caramba por causa del movimiento y aquí lo que está en juego es el futuro de toda una generación.

Urge una solución.

¿Lograrán los maestros su objetivo de echar para atrás una reforma que se ha anunciado como uno de los grandes logros del actual gobierno?

¿Podrá instituirse el orden de nuevo en el estado sin que las autoridades muestren debilidad ante las demandas magisteriales?

Estamos quizá ante uno de los puntos más difíciles -y más peligrosos- del gobierno de Enrique Peña Nieto. Un momento cuyo desenlace podría augurar que nos espera para las siguientes elecciones.

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