Cada día -y cada noche- en la Ciudad de México ocurre una gran cantidad de accidentes de tráfico. Algunos mortales, la gran mayoría sólo recaba daños materiales; es lógico en una ciudad que tiene millones de automovilistas cuya gran mayoría tiende a pensar que el reglamento de tránsito fue redactado exclusivamente para molestarlos.

Sin embargo, lo que ocurrió el pasado viernes, un BMW que se estrella y se destroza llevando a la muerte a cuatro de las personas que viajaban en su interior (ojo, los tripulantes tripulan; no todos los que van en el auto “tripulan”), es sin duda un hecho que llama la atención por su alto perfil.

Un vehículo de lujo (y de gran potencia) ocupado por personas que pueden pasar una noche de copas en los mejores bares de Polanco.

Sin duda alguna una noticia con ese sabor “rojo y escabroso” que tienen las notas que involucran a actores y realeza.

La gente bonita también muere de noche.

Las imágenes del auto -junto con el macabro video de los cuerpos desmembrados que un descerebrado subió a redes sociales- nos traen una profunda reflexión sobre la importancia de leyes y reglamentos.

No pasa nada” dice un automovilista cuando decide dejar su coche estacionado sobre un paso peatonal… “No pasa nada” dice el ciclista al esquivar peatones luego de subirse a toda velocidad a la banqueta… “No pasa nada” dice una señora que decide aplicar un “reversazo” por flojera de dar la vuelta luego de pasarse una salida… “No pasa nada”, dicen cuatro personas que se suben al super-auto de un individuo que, en definitiva, no está en condiciones de manejar por causa de la borrachera que trae…

Y pasa.

Esta es una palpable razón para apoyar la instalación de los alcoholímetros (y no buscar la forma de burlarlos); de respetar el límite de velocidad aunque pensemos que Mancera lo estableció sólo para molestarnos; de -por una vez en esta pobre Patria- comenzar a respetar las leyes y las razones por las que se hacen.

Si un mesero hubiera detenido el suministro de alcohol, si un valet parking se hubiera negado a entregar las llaves del bólido, si uno solo de los que pidieron aventón se hubiera negado a dejarlo manejar o, de plano, motivar a los otros para que mejor pidieran un Uber… otro hubiera sido el resultado.

Para cuatro familias -desafortunadamente- un muy triste “hubiera”.

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