Hay que prepararnos: el próximo primero de octubre veremos como las cámaras se agolpan en las afueras de la prisión Lovelock de Nevada.
Ese día quedará libre O.J. Simpson luego de cumplir tres años (de una condena de nueve) por asalto, intento de robo y secuestro. Hace unos años el ex jugador y estrella del futbol americano decidió tomar justicia por mano propia y quitar por la fuerza una serie de artículos deportivos que alguna vez le pertenecieron a un corredor de parafernalia deportiva.
La falta de dinero y la sensación de haber sido robado anteriormente, forzó a Simpson a tomar medidas desesperadas que terminaron por llevarlo a la cárcel.
La principal razón por la que este -al parecer- oscuro caso es atractivo para invocar tal cantidad de cámaras y comunicadores viene de tiempo atrás.
Los menos jóvenes recordarán el día cuando el futbolista fue acusado del asesinato de su esposa Nicole Brown Simpson y el amigo de ésta, Ron Goldman.
El caso contra un personaje que entonces era muy popular se transformó en un fenómeno mediático -quizá el primero de su tipo- cuando Simpson en vez de presentarse ante las autoridades, intentó darse a la fuga en la infame Bronco Blanca.
Aquel día, el 17 de junio de 1997, las labores prácticamente se detuvieron en Estados Unidos (y varios países) cuando la gente comenzó a agolparse frente a los televisores para ver como un séquito de patrullas y helicópteros escoltaban la camioneta blanca en cuyo asiento trasero viajaba el ex futbolista con una pistola apuntando a su propia cabeza.

La gente que se ubicaba en la ruta que seguía Simpson salió a las calles tal vez no tanto por demostrar su apoyo sino para, simplemente, formar parte del acontecimiento.
Desde el primer día del juicio el equipo de abogados del ex jugador canalizaron toda la expectación generada por el caso por para transformarlo en un tema de racismo (el caso Rodney King aún estaba muy fresco en la memoria colectiva de esa ciudad).
Otro factor que contribuyó a la “mediatización” fue cuando el Juez Lance Ito decidió permitir el acceso de cámaras para televisar el juicio. A partir del primer día el juicio contra Simpson fue parte de la programación diaria de las principales cadenas y por las noches, como si de un “Big Brother” ser tratara, estas realizaban un resumen de los más importante del día.
Gracias a toda esta divulgación mediática el juicio muy pronto se transformó en algo que más parecía un concurso de popularidad que una forma de alcanzar justicia. Los fiscales que comenzaron con un caso sólido con las pruebas necesarias para lograr una pena de prisión, vieron como poco a poco estas se diluían en medio de una serie de golpes mediáticos orquestados por la defensa.
Estos últimos estaban consientes que trabajaban para un auditorio, los primeros no.
A final de cuentas el jurado exoneró a Simpson del asesinato de su esposa a pesar de que la fiscalía tenía pruebas contundentes en su contra.
Hasta la fecha ese juicio sigue causando controversia. En lo que todos están de acuerdo es que fue una especie de premonición de lo que sería la cultura altamente mediatizada de nuestra época: cuando prácticamente todo es registrado en imágenes y cualquiera con una cuenta de Facebook o de Twitter se puede transformar en el más estricto juez con la capacidad de condenar o exonerar con un mínimo de elementos.
La inocencia o culpabilidad se ha transformado en la opinión de la masa moldeada por puntos de vista que a veces no tienen objetividad alguna. La justicia depende de popularidades y odios personales.
A pesar de su victoria mediática, la vida de O.J. Simpson comenzó a irse en picada. Se transformó en una especie de “apestado” ya que a pesar del veredicto mucha gente comenzó a tenerlo como una persona que podía ser peligrosa.
Dilapidó su fortuna en abogados y malas decisiones para verse involucrado en un nuevo juicio, de carácter civil, llevado en su contra por parte de su familia política y los familiares Goldman.
En este no hubo cámaras y resulto culpable y condenado a pagar unos 30 millones de dólares de los cuales no ha comenzado a pagar, por falta de recursos. Con el tiempo esta falta de dinero lo llevó a tomar una medida desesperada que lo llevó, finalmente, a la cárcel de Las Vegas.
Como si de una nueva temporada de una serie exitosa se tratara, ya están previendo la gran movilidad mediática luego de que se anunció la salida, bajo palabra, de Simpson. Vamos a tener otro capítulo de la historia, y esta vez lo veremos a través de las redes sociales.
Sin duda alguna el caso Simpson es un claro ejemplo de los peligros de transformar a la justicia en un evento mediático.