Según afirman algunos medios, existen en el país algunas gasolinerías que operan con toda la normalidad -y son grandes negocios- pero que tienen una “pequeña” irregularidad: nunca, repito, nunca le han comprado un solo litro de combustible a Pemex.

En algunas zonas del estado de Puebla es posible comprar gasolina a $9 pesos el litro de forma abierta y a la luz del día. Aunque pasen patrullas de policía, el negocio sigue sin problemas.

En Sonora la “merma” era comercializada directamente por empleados sindicalizados de Pemex que hacían competencia directa a su patrón y amenazaban a sus clientes de que, si no les compraban a ellos, dificultarían la operación de sus productos.

El descaro fue tal que hasta las bandas de narcotraficantes comenzaron a comprar turbosina y, a pesar de denuncias, nunca se hizo nada al respecto.

Tres historias muy puntuales, quizá en el rango de lo anecdótico, pero que dejan muy en claro a qué nivel está el asunto del robo y comercialización de combustibles.

Como alguien escribió en un editorial periodístico: ¿y si mejor vigilamos a los que comercializan el combustible de manera “legal”?

Si se controla a la demanda, la oferta podría verse afectada…

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