Llega fin de año (un año bastante movidito, por cierto) y los periódicos caen en una especie de sopor en una temporada en la que una fiesta de XV en una lejana región del estado de San Luis Potosí es capaz de acaparar encabezados.
Entre las notas soñolientas que incluyen reseñas de la final del futbol, especulaciones sobre el precio de la gasolina y los últimos famosos fallecidos, destaca el tema de esa cruz que cargamos en la zona conurbada de la Ciudad de México desde hace muchos años: la mala calidad del aire.
Apenas hace un año se nos vino encima una crisis de contaminación del aire en la cual el gobierno de la ciudad puso a descansar dos días a todos los autos para luego cambiar el reglamento de verificación y “modernizarlo”.
Con esas acciones, nos dijeron, la ciudad alcanzaría una mejor calidad de aire.
Las medidas draconianas se aplicaron; miles de autos perdieron la dichos calcomanía “cero”, el paso por un centro de verificación se ha transformado en una especie de agonía programada por la que todos los automóviles tienen que pasar.
Aunque nos quejamos, tuvimos que hacerlo. Por un mejor aire, por una mejor calidad de vida y… también para evitar multas y problemas con la autoridad. Los fines parecían buenos.
Estamos de nuevo en la época invernal (cuando las condiciones del aire empiezan a llamar la atención) y al parecer el resultado de sus nuevas medidas no fue el esperado.
La calidad del aire ya se reporta como mala y apenas comienza la temporada invernal.
¿Qué pasó con las nuevas medidas? ¿Qué ocurre con la “satanización” del uso del automóvil? ¿Qué pretextos se van a dar ahora que, luego de un año de nuevo reglamento, las cosas siguen igual?
Dicen por ahí que, hacer las mismas cosas pero esperando resultados diferentes, es una manifestación de locura.
¿No estamos cometiendo un error al mantener las mismas políticas diseñadas hace más de 30 años y que NO han logrado ninguna solución?
Es pregunta…