Publica el día de hoy el diario “El Universal” en su columna “El Caballito” la disyuntiva en que se encuentra la Procuraduría General de Justicia de la Ciudad de México en torno al caso del “justiciero” de la taquería: un hombre que, al ver que los comensales del lugar donde se encontraba cenando estaban por ser asaltados, disparó y mató a uno de los criminales.
Ya se tienen fotos -incluso han sido publicadas- y ya se cuenta con datos del presunto culpable.
¿Por qué no se ha actuado en su contra?
Por miedo a la opinión pública.
La gran paradoja: Por un lado, está el hecho, simple y llano, de que este hombre cometió un delito; homicidio.
Pero por el otro está el muy delicado tema de la seguridad. Las autoridades no se han mostrado capaces de contener el delito pero, eso sí, no pierde tiempo en perseguir a quienes sí lo hacen.
Una de las grandes contradicciones que enfrenta una autoridad que se está viendo rebasada por el crimen es el caso de los justicieros. Personas que a todas luces están fuera de la ley, pero que la gente ve con muy buenos ojos. Una especie de héroe popular que es capaz de solucionar lo que las fuerzas del orden no pueden.
La gente se encuentra molesta por la falta de seguridad; surge un justiciero y, si la autoridad lo detiene y lo procesa, el enojo se puede incrementar aún más. “Luego de todo lo que ocurre, al único que son capaces de detener, es al único que estaba haciendo algo”, es el sentir de la gente.
Sin embargo, el problema tiende a incrementarse si la autoridad se hace de la vista gorda: los justicieros se multiplican y no pasa mucho tiempo antes de que ocurra una verdadera desgracia que involucre a inocentes; los justicieros no aplican ni protocolos de investigación o seguridad ni de derechos humanos y, tarde o temprano, se equivocan.
[Un poco lo que reflexionábamos en torno a la portación de armas en los vehículos]
Así que el sistema de justicia se ve obligado a acabar con los justicieros antes de que las calles se transformen en una versión post-apocalíptica del viejo oeste. A pesar de furias sociales y desplome de popularidades.
El caso es que si la autoridad hubiera demostrado una verdadera efectividad en contra del crimen, antes de que alguien se hubiese visto en la “necesidad” de salir a defender inocentes parroquianos de una taquería, quizá no estaríamos escribiendo sobre este escabroso asunto.
¿Tú qué opinas?